La letra con sangre entra

– Estefanía Alonso Rodrigo –


Su sueño, como el de todo niño, era tener una bici, nos cuenta José. A sus 54 años fue padre y es nuestra sombra desde que nacimos. Como abuelo cebolleta del mes, nos cuenta su visión sobre la pedagogía de antes en esta divertida experiencia. El título lo dice todo: “La letra con sangre entra”. 

La letra con sangre entra

Corrían los últimos años de los 60 cuando ese deseo se hizo realidad. Una bonita bicicleta azul y blanca, de carreras, que me compró mi padre, apareció un día en mi vida. La ilusión por fin se hizo realidad; solo faltaba alguien que me enseñara a manejarla.

Fue mi padre con sus técnicas de siempre el que hizo de monitor ciclista; me impulsaba agarrando la bicicleta bajo mi sillín y me soltaba cuando veía que estaba en equilibrio; sin dejarme parar volvía a reiniciar el método y así varias veces.

No serían más de diez intentos cuando viendo él que mi equilibrio funcionaba a las mil maravillas, decidió dar fin a las prácticas dándome el último empujón hacia una cuesta abajo. Recuerdo descender aquella pared que me pareció el Angliru y recuerdo aún mejor las dos bofetadas que me impartió como lección mi padre al final de la cuesta, estando aún tirado y magullado en el suelo. “La letra con sangre entra”, era la revolución de la docencia en aquellos días, tanto de progenitores como de profesores.

Alguna vez que otra me he caído de la bici, no a la vista de mi padre, y la conseguí manejar aceptablemente bien; fue probablemente por ello que, meses más tarde, mi padre tuvo otra de sus felices ideas: comprarme una bandurria.

Lo cierto es que mi oído no tenía ningún parentesco con el de mi progenitor, él era un albañil músico autodidacta y a mí me interesaban más otras actividades lúdicas muy diferentes y sobre todo, conocía muy bien las técnicas de enseñanza de mi querido padre.

Aún así, he de decir que la bandurria sonaba muy bien en las manos de él y decidí darle una oportunidad, no sin un tanto de miedo por el aprendizaje.

Por fin llegó el fatídico día en que pudimos aunar nuestros esfuerzos. Escogimos “Siento tu mano fría”, creo que se titulaba la canción, que cantaba Víctor Manuel; justo ahí en la “i” de fría había que cambiar de traste. Comencé con la púa a rasgar la primera cuerda: tin tin tin mano frí…, y mi dedo se fue lejos del lugar que convinimos, no tanto su mano, que aterrizó justo en una de mis mejillas, cambiando el traste aún más fuerte a la otra.

Tras el segundo viaje fallido de mi dedo en aquella selva de 12 cuerdas y el aterrizaje forzoso una vez más de la mano de mi padre en mi oronda cara, no hubo más intentos. Me levanté y le dejé tocando, muy bien por cierto, una adaptación de la bonita obra de Strauss “El Danubio Azul”.

Creo que nunca más nos atrevimos a comenzar de nuevo las clases, no solo de música sino de cualquier otra materia. Su paciencia no era infinita y sus métodos, en aquella época normales, estaban fuera de los límites de la pedagogía que yo podía soportar. Sé que debido a esas dos premisas perdí alguna que otra oportunidad de pasar más tiempo con él, recibiendo sus enseñanzas, pero me sigo preguntando, ¿a qué precio?

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