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Confesiones: adictos a los títeres como recurso educativo

Títeres

En los últimos tiempos hemos descubierto una labor que nos fascina (de esas que hoy llamaríamos handmade craft y antes denominábamos manualidades): el diseño y la fabricación de marionetas. Los sótanos de PasaLaRisa se han llenado de gomaespuma, pintura y personajes llenos de personalidad. E incluso hemos enganchado sin remedio a alguno de nuestros seres más queridos en el arte del títere.

Los títeres ofrecen una cantidad de registros interpretativos ilimitados exclusivamente por la imaginación del niño.

El títere es un personaje mágico que nos conduce a la imaginación. Permiten desarrollar la creatividad, manifestar la personalidad de uno mismo, comunicar sentimientos, establecer un diálogo de tú a tú, descargar tensiones o emociones…

  • En niños con problemas de lenguaje…

Mejoran la dicción, tanto que hasta podemos ver que niños tartamudos pueden hablar correctamente al hacer hablar a un títere. Fomenta la concentración; gracias a ello los niños y niñas ponen interés en el aprendizaje y aprenden nuevas palabras.

  • En niños con problemas emocionales…

Podemos obtener pistas tanto del personaje elegido, la forma en que lo trata o cómo trata con él a otros títeres, como por lo que dice al encontrase detrás del teatrillo. Estos detalles ponen al descubierto las causas de sus problemas y le permite adquirir las habilidades y recursos que necesitan para superarlos.

  • Los niños tímidos…

Son capaces de hablar con más fluidez “detrás” del títere. Dicen y hacen cosas que el niño puede encontrar demasiado difíciles de expresar de manera abierta y por las cuales no se siente responsable.

¿Conocías estos 4 beneficios de los títeres?

En definitiva, nos quedamos con estas 4 características de los títeres…

  1. Familiarizan a los niños y niñas con diversos aspectos de la vida cotidiana.
  2. Desarrollan destrezas corporales de casi todo su cuerpo, moviendo las partes a voluntad y de manera controlada. Expresión teatral caracterizada por la imaginación, el juego y la representación más real, que se vale del uso de muñecos y objetos animados.
  3. Estimulan la imaginación y desarrollan la coordinación manual y corporal de los niños y niñas, las cuales permite el desarrollo de sus capacidades, la creatividad, comunicación, análisis, observación, concentración y sentido musical.
  4. Divierten y educan.

Ahora solo falta que hagamos con nuestros peques unos títeres y ponernos en casa a inventar historias. O si lo prefieres, danos un silbidito y allí estaremos en un periquete

¡Se abre el telón!

Los 7 dones de los cuentacuentos para niños

José Miguel Alonso Rodrigo


Dones del cuentacuentos

Como gran contador de historias que he llegado a ser, puedo decir que no llevo los gallumbos por encima del pantalón, ni capa, ni de lunes a viernes trabajo como reportero de un gran periódico, pero si os puedo decir que todos estos superpoderes si que se pueden atribuir a los cuentacuentos.

Para los no asiduos a los servicios de animaciones, los cuentacuentos son la animación por antonomasia para los niños de 3 a 6 años. Les encantan las ilustraciones, las historias descabelladas y la energía que puedes transmitirles si eres un buen narrador. Pero la esencia en si de un gran cuento contado es casi desconocida para el público de a pie. ¿Os cuento cuales son sus superdones?

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La letra con sangre entra

– Estefanía Alonso Rodrigo –


Su sueño, como el de todo niño, era tener una bici, nos cuenta José. A sus 54 años fue padre y es nuestra sombra desde que nacimos. Como abuelo cebolleta del mes, nos cuenta su visión sobre la pedagogía de antes en esta divertida experiencia. El título lo dice todo: “La letra con sangre entra”. 

La letra con sangre entra

Corrían los últimos años de los 60 cuando ese deseo se hizo realidad. Una bonita bicicleta azul y blanca, de carreras, que me compró mi padre, apareció un día en mi vida. La ilusión por fin se hizo realidad; solo faltaba alguien que me enseñara a manejarla.

Fue mi padre con sus técnicas de siempre el que hizo de monitor ciclista; me impulsaba agarrando la bicicleta bajo mi sillín y me soltaba cuando veía que estaba en equilibrio; sin dejarme parar volvía a reiniciar el método y así varias veces.

No serían más de diez intentos cuando viendo él que mi equilibrio funcionaba a las mil maravillas, decidió dar fin a las prácticas dándome el último empujón hacia una cuesta abajo. Recuerdo descender aquella pared que me pareció el Angliru y recuerdo aún mejor las dos bofetadas que me impartió como lección mi padre al final de la cuesta, estando aún tirado y magullado en el suelo. “La letra con sangre entra”, era la revolución de la docencia en aquellos días, tanto de progenitores como de profesores.

Alguna vez que otra me he caído de la bici, no a la vista de mi padre, y la conseguí manejar aceptablemente bien; fue probablemente por ello que, meses más tarde, mi padre tuvo otra de sus felices ideas: comprarme una bandurria.

Lo cierto es que mi oído no tenía ningún parentesco con el de mi progenitor, él era un albañil músico autodidacta y a mí me interesaban más otras actividades lúdicas muy diferentes y sobre todo, conocía muy bien las técnicas de enseñanza de mi querido padre.

Aún así, he de decir que la bandurria sonaba muy bien en las manos de él y decidí darle una oportunidad, no sin un tanto de miedo por el aprendizaje.

Por fin llegó el fatídico día en que pudimos aunar nuestros esfuerzos. Escogimos “Siento tu mano fría”, creo que se titulaba la canción, que cantaba Víctor Manuel; justo ahí en la “i” de fría había que cambiar de traste. Comencé con la púa a rasgar la primera cuerda: tin tin tin mano frí…, y mi dedo se fue lejos del lugar que convinimos, no tanto su mano, que aterrizó justo en una de mis mejillas, cambiando el traste aún más fuerte a la otra.

Tras el segundo viaje fallido de mi dedo en aquella selva de 12 cuerdas y el aterrizaje forzoso una vez más de la mano de mi padre en mi oronda cara, no hubo más intentos. Me levanté y le dejé tocando, muy bien por cierto, una adaptación de la bonita obra de Strauss “El Danubio Azul”.

Creo que nunca más nos atrevimos a comenzar de nuevo las clases, no solo de música sino de cualquier otra materia. Su paciencia no era infinita y sus métodos, en aquella época normales, estaban fuera de los límites de la pedagogía que yo podía soportar. Sé que debido a esas dos premisas perdí alguna que otra oportunidad de pasar más tiempo con él, recibiendo sus enseñanzas, pero me sigo preguntando, ¿a qué precio?